El hermano pequeño del ferrocarril
El metro se ha convertido en un nuevo barómetro con que medir el grado de modernidad y competitividad entre las capitales del mundo, convirtiendo algunas de sus estaciones en auténticos museos de arte o jardines exóticos bajo el suelo.
 
Texto: Regina Valenzuela
 

Lo que hace casi dos siglos naciera en el mundo como mero paliativo para aliviar el tráfico rodado en superficie, es hoy un marchamo de prestigio y marketing municipal para las grandes ciudades. Pasillos, estaciones e intercambiadores están remozando su imagen para transmutarse en escaparates de arte contemporáneo, acuarios de diseño, capillas románicas rehabilitadas o grandes espacios lumínicos repletos de trompe-l’oeil ingeniosos. Europa, primer continente en abrir las entrañas de sus centros urbanos, sigue estando a la cabeza de la innovación y la vanguardia muy por delante de otros continentes. Pero por primera vez, no son ni Gran Bretaña ni Francia los que se llevan el gato al agua pese a que Londres (cuyo Metropolitan Railways fue inaugurado en 1863) o París (1900) supieron exportar sus proyectos visionarios allende los mares. Hoy, sin embargo se han quedado anticuados.

Las cuatro joyas de la corona europea están en Moscú, San Petersburgo, Berlín y Estocolmo. Esta última capital se jacta desde hace tiempo de tener el metro más bello del orbe pues la decoración de sus estaciones y pasillos le han valido el calificativo de la “exposición más larga del planeta”. El Consejo de la municipalidad apostó por el arte contemporáneo de manera visionaria en los años 40 y no ha dejado de hacerlo desde entonces, de forma que en 70 de las 100 estaciones existentes en su red cuelgan obras de hasta 130 artistas locales e internacionales. Óleos, litografías, collages o estatuas se exhiben al usuario rodeados de la roca viva del entorno o entre verdes jardines subterráneos, piscinas de aguas gélidas y túneles rocosos de alta montaña. Algo parecido, sólo que desde el punto de vista arquitectónico, sucede con el metro de Berlín. La concepción de trazados estuvo, desde los inicios, supeditada a las corrientes artísticas de cada época y un sencillo trayecto subterráneo se convierte para el observador experimentado en un recorrido a través de la Historia del diseño alemán. Las distintas estaciones son representativas de estilos tan dispares como el modernismo, el funcionalismo o el pop art.


Moscú, por su parte, ha convertido su metro en una seña de identidad tan significativa como la propia Plaza Roja. Hijo del régimen socialista, se concibió a modo de palacio del pueblo y sus pasillos y andenes, decorados de forma preciosista, impresionan por sus muros de mármol y su iluminación a base de lustros y enormes lámparas de cristal. Sin embargo su gran rival, San Petersburgo, tiene el honor de sobrecoger aún más al visitante por ser el más profundo del planeta –con una media de 60 metros y máximas de 110 metros–, y el más frecuentado del Viejo Continente –más de cuatro millones de usuarios al día– pese a que los accesos no son precisamente fáciles de localizar: a diferencia de cualquier otro metropolitano, las bocas de acceso a las estaciones no están aisladas en mitad de la calle sino
camufladas en las fachadas de edificios vecinos, algo desconcertante para el visitante extranjero.

 
 
 
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