El Tren de la Luna
Expedición al corazón de África
En Kenia, los caminos de hierro atraviesan la reserva natural de Tsavo para revelar, desde la ventanilla de un tren, los secretos del continente africano.
 
Texto: Pedro Grifol
 

Cuando en 1896 el imperio británico decidió construir una línea de ferrocarril que comunicara la ciudad costera de Mombasa –en su naciente colonia de Kenia– con el lago Victoria, un grupo de opositores del Parlamento inglés tachó el proyecto de monumental pérdida de tiempo y dinero bautizándolo irónicamente como Lunatic Train (El Tren Lunático). Transcurridos más de cien años, la vía sigue aferrada a la tierra, el tren funciona con sorpresiva normalidad y el recorrido por la sabana keniata sigue siendo hoy uno de los viajes más apetecibles, carismáticos y simbólicos por el continente africano.
La construcción de la vía se inició en Mombasa, a orillas del Índico, pero nadie sabía con exactitud dónde estaría el otro extremo. La línea tenía que atravesar zonas pantanosas, selvas plagadas de peligrosos animales y espacios desérticos. Las tribus locales –masai y samburu–, además de no colaborar, robaban los materiales, y las enfermedades diezmaron mucho personal. Pero ningún contratiempo superó la expectación causada por la muerte de 30 hombres que fueron presa de los leones. Estos depredadores atacaban los campamentos nocturnos y merodeaban por las instalaciones ferroviarias causando el consiguiente pánico, incluso subían a los vagones a capturar sus presas. La situación llegó a tal extremo de inseguridad, que hubo que contratar a un cazador profesional, el coronel inglés John Henry Patterson. Al finalizar su proeza describiría sus peripecias en el libro Los devoradores de hombres de Tsavo. No sin razón Tsavo significa en swahili “lugar de sacrificio”.

Superado el contratiempo, se decretó la interrupción temporal de la construcción en una altiplanicie, llamada Nyrobi (lugar de agua fresca), a orillas del río al que los masai llevaban su ganado. Era la última llanura antes del valle del Rift y, por lo tanto, un lugar adecuado para convertirse en la estación terminal. Así comenzó su historia la ciudad de Nairobi, que en 1900 se convertiría en la capital del África Oriental Británica. En 1901, el ferrocarril continuó su andadura hasta Port Florence (hoy Kisumu), a orillas del lago Victoria, donde se dieron por finalizadas las obras a los cinco años de su inicio y después de 935 kilómetros de trazado.


Después de soportar una caótica cola para obtener el número que corresponde al billete que previamente había reservado, subo al tren. Ya ha caído el atardecer en la estación de Nairobi. Algunos pasajeros, todavía sin número, se agolpan ante un tablón iluminado por la luz de una linterna buscando su sitio. Los viajeros de primera y segunda clase se distribuyen en compartimentos de dos o cuatro literas, con ventilador, jofaina y lavabo. A los viajeros de tercera clase sólo se les ve en la estación, con su eficaz trasiego de enormes fardos de ropa, paquetes de huevos y llevando a la gallina en una cesta.

 
 
 
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