Será muy difícil que se repita en España una
secuencia de celebraciones y acontecimientos
como la que el país vivió en 1992. La entrada
en servicio del Ave, el 21 de abril, puede ser recordada
como un hito permanente, como una huella profunda.
Porque, al cerrar sus puertas la Expo, apagados sus espectáculos
y devaluada su mascota, la ciudad se quedó
para siempre con el legado.
Un legado que ha contribuido de manera determinante
en la forma de viajar en tren de los españoles. En
sus primeros días, el Ave era sinónimo, en la mayoría de
los casos, de hombre de negocios; un transporte apto
para ejecutivos que iban y venían de Madrid a Sevilla
para cerrar acuerdos. Tres lustros después, esto ha cambiado,
y el Ave es mucho más accesible a la mujer, y
a toda la sociedad en general, convirtiéndose en una
variante muy válida al transporte aéreo. Además, los avances en informática y comunicaciones han permitido
que el tren se convierta a la vez en medio de transporte
y centro de trabajo. Hoy en día, a nadie le resulta extraño
encontrarse a alguien trabajando con su ordenador
portátil mientras viaja o hablando por el móvil mientras
espera llegar a su destino. Cosas impensables en el 92.
Aún hoy, el vídeo que muestra el preciso tiro del
arquero Antonio Rebollo, encendiendo el pebetero
olímpico en Montjuic, circula por la entonces desconocida
Internet, testigo recurrente de un año intenso. Los
Juegos de Barcelona fueron, junto con la Expo de Sevilla,
los dos acontecimientos centrales de 1992, decisivos
para aportar dos millones de visitantes adicionales a la
industria turística del país. Por otra parte, la conmemoración
del Quinto Centenario daba la excusa para un
calendario cultural que mantuvo presente la imagen de
España en los medios de comunicación del mundo.
Europa atravesaba un momento delicado en su
integración. Tras el Tratado de Maastricht, sufrió el
tropezón del primer referéndum danés. Pero, echando
la vista atrás, aquello puede verse como un incidente
menor en el proceso de unión económica y
monetaria; su fruto visible es el euro, que en 2007 ha
alcanzado su máximo valor.

La agenda cultural del año estuvo saturada por una programación
en la que las instituciones echaron el resto. Los espectáculos cotidianos de La Cartuja y el nuevo
teatro de la Maestranza concentraron la atención en Sevilla,
mientras Barcelona redescubría su vocación por el
diseño y una cierta vanguardia. En Madrid, ya eclipsada
la movida iconoclasta, una capitalidad cultural europea
carente de médula vital decepcionó a quienes esperaban
otra cosa de un año tan señalado. Bilbao no quería
quedarse atrás, y en 1992 encomendó a Frank Gehry el
proyecto del Guggenheim, sin el cual no se entendería
el aspecto actual de la ciudad.
Las mascotas
del año 92